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¿PUEDO TOMAR ESTE MEDICAMENTO?



Cuando nos recetan un fármaco lo primero que debemos hacer es leer el prospecto que hay en su interior y no alarmarnos por lo que pone. Cualquier duda puede ser consultada al farmacéutico o al médico. Los datos se han recogido de la población general y no implica que vaya a sucedernos lo que allí se describe, pero… es mejor prevenir.

La alergia medicamentosa se refiere a una reacción inesperada producida tras la administración de un principio activo para tratar una patología concreta. Es debida a la respuesta inmunológica contra la propia molécula por parte del paciente. No suele producirse con la primera dosis, siendo necesaria una sensibilización previa para generar la respuesta inmune.

La frecuencia de aparición de estas alergias ha aumentado al incrementarse el número de moléculas farmacológicas utilizadas, así como la generalización de su consumo, si bien no hay datos epidemiológicos concretos del número de personas afectadas.

La reacción puede ser inmediata (en pocos minutos tras la toma) o tardía (incluso dos o tres días después de la administración), pues en cada caso se activan diferentes tipos de linfocitos generando una respuesta distinta.

Los síntomas son variados:

-          En la inmediata se presentan problemas respiratorios, gastrointestinales (náuseas y vómitos), cutáneos (angioedema y urticaria) e incluso anafilaxia, urgencia sanitaria que debe ser tratada de inmediato, se presenta súbitamente y cursa con enrojecimiento, picor, angioedema, rinorrea, edema laríngeo, taquicardia, diarrea, dolor abdominal, vómitos, etc.

-          En la tardía, la variedad y gravedad sintomatológica aumenta. Lo más frecuente es la aparición de un exantema (enrojecimiento de la piel con picor y sarpullido), que con la repetición de la dosis reaparece en la misma zona y con mayor progreso (ampollas dolorosas). En casos más graves –y raros-, las ampollas aparecen en piel y mucosas que hacen peligrar la vida del paciente.

El diagnóstico se basa en la historia clínica detallada en la que se anotarán los momentos y condiciones en que aparecen las reacciones, análisis de sangre específico, pruebas cutáneas y pruebas de provocación (administrar dosis crecientes del principio activo sospechoso y controlar la respuesta del paciente).

El tratamiento consiste fundamentalmente en no utilizar el medicamento que produce alergia y sustituirlo por otro con la misma actividad. En ocasiones son los coadyuvantes los que inducen el problema, lo que complica la situación, que debe resolverse eliminándolos.

Los fármacos que suelen provocar alergias son -en orden decreciente de aparición- los antibióticos, fundamentalmente penicilina y derivados (amoxicilina); los analgésicos (metamizol, principio activo del Nolotil); anestésicos y anticonvulsivantes.

Debe quedar claro que no es lo mismo reacciones adversas a medicamentos que alergia a ellos. Las primeras están previstas y no suelen poner en peligro la vida del paciente (por ejemplo, problemas gastrointestinales con el ibuprofeno) pues desaparecen al dejar de tomarlo; las segundas son graves, menos frecuentes, impredecibles y dependen del sistema inmunitario de la persona.

La mejor forma de prevenir y evitar este problema es no automedicarse, seguir escrupulosamente las pautas marcadas y observar los signos propios producidos tras la ingesta, comunicándolos al especialista (médico o farmacéutico) que nos indicarán los pasos a seguir. Leer el prospecto que acompaña a los medicamentos donde se incluyen las observaciones realizadas por el laboratorio referidas a la epidemiología bajo el epígrafe: “efectos adversos”, puede ayudarnos.

LA GRIPE


No es lo mismo un resfriado que una gripe o una neumonía. Precisan diferente tratamiento y la actitud ante ellas es distinta. La gripe está causada por un virus reconocible, por lo que se puede preparar la vacuna adecuada y evitarla. Puede acabar en una enfermedad más grave (infecciones bacterianas, neumonía, empeoramiento de enfermedades cardíacas, asma, etc.). Se caracteriza por: fiebre alta, fuerte dolor de cabeza, tos persistente con flemas, dolor muscular, fatiga, agotamiento general, reducción del apetito, etc. Debe ser diferenciada en los niños porque la gripe necesita un tratamiento efectivo y atención inmediata.
El tratamiento es sintomático: antipiréticos para la fiebre; descongestivos y antihistamínicos para los mocos; antitusígenos para la tos; mucolíticos para fluidificar la mucosidad; colutorios, para el dolor de garganta; analgésicos, para las molestias musculares y preparados específicos donde se combinan varios de los anteriores grupos de fármacos. La mayoría no necesitan receta, pero debemos consultar al farmacéutico cuál es el más adecuado. En principio no debemos tomar antibióticos salvo expresa indicación médica porque no son eficaces contra los virus y su consumo puede empeorar el cuadro que estamos padeciendo.
El contagio es fácil, pues el virus pasa del enfermo que tose o estornuda al sano que está en ese ambiente; penetra por la nariz, los ojos o la boca y llega a las mucosas. También se transmite al tocar objetos contaminados con las manos y llevárselos a la nariz, ojos, boca. Influyen los cambios bruscos de temperatura y la permanencia en espacios cerrados y poco ventilados. Además, está contraindicado tocar objetos o personas con las manos sucias sin lavar y que han estado en contacto con enfermos.
A nivel de prevención se recomienda la vacuna. Los neumólogos lo indican, especialmente, a: mayores de 60 años, adultos con ciertas patologías, profesionales sanitarios, personal de emergencias y embarazadas. Plantéatelo el próximo año.
Para mejorar esta incómoda situación y evitar el contagio, se recomienda:
- Taparse la boca al toser y estornudar.
- Usar pañuelos desechables y no reutilizarlos.
- No fumar.
- Lavarse las manos frecuentemente.
- Consumir frutas y verduras.
- Beber mucho: agua, zumos, infusiones. Reducir el consumo de leche porque favorece la formación de moco.
- Evitar el estrés, porque debilita el sistema inmunitario.
- Descansar; se recomienda reposo en casa de 5 a 7 días.
- No automedicarse. El especialista indicará el tratamiento a seguir que puede incluir antivirales para adultos y niños mayores.
Estos virus causan la mayor cifra de absentismo laboral y escolar. No debemos apurar la recuperación para evitar recaídas de mayor gravedad. Piensa que dura un mínimo de una semana y, si te recuperas adecuadamente, quedarás “inmunizado” hasta el próximo invierno. Acude a tu médico de familia y sigue las pautas que él te indique. Puede ocurrir que en un primer momento no te recete un antibiótico y al cabo de unos días, en función de tu evolución, sí lo haga. No ha cometido un error; confía en su criterio.

MIEDO AL MÉDICO


¿Te da miedo ir a la consulta? ¿Te sientes cómodo cuando vas al médico? Son cuestiones que a muchos les angustian. El sufrimiento que les provoca les induce a no acudir a las consultas o a impedir que sus familiares lo hagan, por ejemplo. Esta situación tiene un nombre y debe ser analizada por un médico aunque parezca incongruente.
La iatrofobia (esa sensación de tener miedo a ir al médico de una forma irracional o injustificada) se considera una fobia social que presentan los afectados por el problema. Se manifiesta, de manera general, como una ansiedad enorme e incontrolable ante algo que representa un mínimo peligro real. No se centra únicamente en el médico, sino que también se dirige a todo lo que rodea el acto médico (hospitales, agujas, enfermeros, etc.) y provoca un verdadero problema a quien lo sufre (y a quienes le rodean).
La fobia es una situación compleja que puede producirse en cualquier momento de la vida y quien la sufre apenas puede hacer nada para evitar. Se manifiesta como una ansiedad intensa que puede desembocar en ataques de pánico ante los denominados “objetos fóbicos” que incluyen un amplio grupo de elementos (en nuestro caso relacionados con el acto médico como agujas, enfermeros, médicos, etc.). Puede presentarse a cualquier edad y depende, normalmente, del ambiente en el que se vive, ya que puede transmitirse de padres a hijos. También la personalidad influye en cómo se desenvuelve el paciente, porque hay personas más resistentes a la ansiedad que otras que se sienten más afectados, llegando a paralizarse.
No podemos olvidar que, en muchos casos, el objeto que desencadena el problema puede variar. Existen casos documentados de personas que temían volar y se recuperan con una terapia adecuada. Al cabo de unos meses sienten terror ante las arañas, de lo que también se “curan” y, al poco tiempo, focalizan la fobia en otro elemento concreto que nada tiene que ver con los anteriores (o si). Deben ser tratados en cada momento por el especialista.
La iatrofobia puede tener varias causas o ninguna. Podríamos destacar, entre otras: una experiencia negativa previa (por ejemplo cuando siendo niños acudían al pediatra y “lo pasaban fatal”), un proceso de angustia generalizada no tratada por no ser percibida como tal ni siquiera por el paciente o una experiencia traumática anterior (una cirugía compleja, por ejemplo, de la que tienen recuerdos deformados).
Los síntomas son variados y no tienen que presentarse en todas las ocasiones en las que se padece la fobia, aunque suelen coincidir. Los más frecuentes incluyen: sudoración, taquicardias, ansiedad, inquietud, pánico, etc. Pueden considerarse inespecíficos (ya que acompañan a otros procesos), por lo que el diagnóstico resulta más complicado. Es importante analizar todas las posibilidades porque pueden ser indicativos de otros procesos más complejos que deben ser tratados por el especialista de manera urgente.
El tratamiento suele ser psicológico y se utilizan, normalmente, dos técnicas cognitivo-conductuales: de exposición gradual (en la que se incita al paciente a acercarse al objeto fóbico lentamente, de manera progresiva y controlando lo que le ocurre) y directa (en la que se expone al paciente directamente al objeto fóbico y se observa la reacción minimizando los daños). A nivel farmacológico también existen posibilidades, pero deben ser pautadas por el médico y evitar la automedicación.
A nivel preventivo y para evitar el miedo al médico, se recomienda que los padres acudan a la consulta del pediatra de manera relajada y natural para evitar que su estado nervioso afecte al niño. Si nos relajamos y le transmitimos tranquilidad, evitaremos que desarrolle esta fobia y “disfrutaremos” de la consulta.
Cualquier fobia debe ser consultada al médico. En función de la situación y el diagnóstico, nos derivará a otra consulta especializada o pautará una medicación concreta. Es importante atajarla desde el inicio para evitar que se enquiste y provoque alteraciones de mayor calado.

REDUCIR EL ESTRÉS ES FUNDAMENTAL


Cuando aparecen síntomas “extraños” como: debilidad generalizada, cansancio, desmotivación, pérdida de apetito, tristeza, angustia, reducción de la concentración, cambios de carácter, irritabilidad, insomnio, problemas musculares (contracturas, dolor, etc.), molestias gástricas (ardor de estómago, malas digestiones, etc.), son muchos los especialistas que los relacionan con el estrés y deben ser solucionados. Lo mejor es acudir al médico y contarle lo que sucede. Es el más capacitado para ayudarte y conoce todas las opciones para resolverlo.
Para reducir la ansiedad y el estrés y evitar que los nervios te devoren, de manera general se recomienda:
-No te automediques. Lo peor que puedes hacer es acudir a tu botiquín y coger lo que en otras ocasiones ha funcionado. Cualquier medicamento debe ser prescrito por el médico y tomarlo según sus indicaciones.
-Utiliza técnicas de relajación. Simplemente realizar una respiración adecuada puede ser muy útil para reducir la intranquilidad que padeces.
-Reserva una parte de tu día para hacer lo que te apetezca, no lo “obligatorio”. Es difícil encontrar el momento, pero si te organizas bien seguro que lo consigues. Aquí se incluye también la opción de  “no hacer nada”.
-Practica yoga, taichí o Pilates, que aúnan un ejercicio relativamente suave y la posibilidad de recuperación a nivel psíquico. Consulta con un especialista cuál se adapta mejor a tu estado de salud e inténtalo.
-Acude a tu médico y confía en él. Cuéntale lo que sientes y, si necesitas algún tratamiento farmacológico, él es el que debe decidirlo.
-Si tienes problemas legales, no desesperes y acude a un profesional (abogado) para que te indique tus opciones. También puedes apoyarte en las diferentes asociaciones que suelen conocer la legislación o proporcionarte el contacto con los especialistas adecuados.
-Descansa. Es fundamental dormir adecuadamente 7-8 horas al día en una cama cómoda y situada en una habitación confortable.
-Haz ejercicio. No es imprescindible que te machaques hasta la extenuación, porque no tienes tanta energía y puedes frustrarte… lo que es mucho peor para tu ansiedad. Establece objetivos alcanzables en función de tus capacidades para que no se convierta en una obsesión. Consulta a tu médico el ejercicio más adecuado, fundamentalmente si tienes algún problema de salud. No descartes ninguna posibilidad.
-Cuida tu alimentación. La ansiedad por recuperar tu peso puede hacerte sentir aún peor porque te estás negando todos los “caprichos” que podrían animarte… ¿de verdad es necesario? Acude a un especialista, preferentemente en dietética y nutrición, que puede adaptar la dieta a tus necesidades y a cada situación.

 
Los expertos señalan que debemos incluir alimentos que ayuden a mantener alta la energía y un estado de ánimo positivo, excluyendo lo que no resulta “sano”. Entre las recomendaciones, destacaría:
-Limitar el consumo de azúcar y evitar el refinado. No endulzar las comidas y bebidas o utilizar un sustituto sano (como la miel).
-Reducir la cafeína. Sustituye el café por un té verde (rico en antioxidantes).
-No beber alcohol. Inicialmente da sensación de euforia, pero a la larga actúa como depresor del sistema nervioso e incide negativamente en tu estado anímico.
-Incluir en todas las comidas alimentos que contengan proteínas, minerales y vitaminas como: carne, pescado, huevos, legumbres, etc. Se recomienda especialmente la levadura de cerveza, pues contiene proteínas de alto valor biológico (con los aminoácidos esenciales) comparable al de la leche o el huevo, vitaminas del grupo B (B1, B2, B6, ácido fólico,) para dietas deficitarias en ellas, minerales (hierro, selenio, zinc y cromo, por ejemplo) y un bajo contenido en sodio (la pueden tomar los hipertensos), ácidos grasos oleico y linoléico, beneficiosos para el sistema circulatorio y fibra, para regular el tránsito intestinal.
 

ENFERMEDADES RARAS. GLUCOGENOSIS

Se consideran enfermedades “raras” las padecidas por menos de 500 personas por millón de habitantes. A pesar de esta escasa prevalencia, afectan a un elevado número de personas, porque cuando se diagnostica un nuevo caso, todos los que le rodean se ven involucrados.

Son muchas las patologías con bajo número de enfermos: síndrome de Door, de Thomson, de Costello, huesos de cristal, etc., con un pronóstico peor que el de otras enfermedades que provocan un gran temor y para las que, afortunadamente, existen tratamientos que consiguen una recuperación completa.

Deberíamos plantearnos que estas enfermedades constituyen un problema de salud pública para el que se precisan acciones conjuntas que involucren a todos los estamentos: gobierno, laboratorios, agentes sociales, industria farmacéutica, etc. y que adquieran la consideración de anticipo de la medicina personalizada, pues son los familiares de los enfermos quienes dinamizan el estudio de estas patologías y buscan soluciones.

Han sido ellos, arropados por algunas entidades que han colaborado económicamente en su organización, quienes se han implicado en la ejecución de un congreso dedicado a una de estas enfermedades, la glucogenosis, que se celebrará del 5 al 7 de Junio en Madrid, y me permito invitar a todos los que la padecen o conviven con esos enfermos a que acudan (encontrarán la información en la página web de la asociación www. glucogenosis.org).

La glucogenosis es una dolencia con diferentes variedades que poco tienen que ver entre sí, excepto por la deficiencia congénita de una enzima. Esta carencia provoca la acumulación del glucógeno, principalmente en el tejido muscular e impide su metabolización correcta, por lo que los afectados carecen de la energía muscular que precisan para desarrollar una actividad física acorde a su edad, sintiéndose  incapaces de mantener el ritmo de sus compañeros.

De ellas, la glucogenosis tipo II o enfermedad de Pompe, es la más frecuente y grave, y tiene tres variedades: infantil, juvenil y de adulto, en función de su momento de aparición y progresión. Los síntomas son:

- En la variedad infantil se presenta un cuadro severo, iniciándose en el segundo mes de vida, con una progresión rápida por depósito del glucógeno en el músculo esquelético y el corazón. Sin tratamiento no suelen superar el año de vida, muriendo por fallo cardio-respiratorio y padeciendo frecuentes infecciones pulmonares que degeneran en neumonía.

- En las variedades juvenil y adulta, son similares a los de una miopatía y pueden aparecer desde los tres primeros años hasta en la séptima década de vida. Cuanto más precoz sea su aparición, mayor es la afectación del paciente, caracterizándose por dificultades para alcanzar la motricidad propia de la edad, escoliosis, contracturas articulares, problemas para deglutir e insuficiencia respiratoria con neumonía.

El diagnóstico precoz es esencial para evitar secuelas irreversibles, especialmente para la infantil, donde el retraso puede condicionar la evolución futura del paciente. En jóvenes y adultos se debe realizar un diagnóstico diferencial por su parecido con la miopatía, siendo prioritario agilizar el análisis de pacientes con síntomas sospechosos. También se puede detectar prenatalmente, siendo recomendable en familias con antecedentes realizar una batería de pruebas. Una vez diagnosticada debe administrarse el tratamiento.

Es primordial potenciar la investigación de estas patologías “raras” y destinar fondos para desarrollar nuevas terapias que mejoren la calidad de vida de los pacientes –y de sus familiares- así como avanzar en nuevas líneas de detección precoz. Además, y a pesar de los avances, el tratamiento de los pacientes no es satisfactorio, pues la sociedad está poco informada, no hay planes de atención integral ni unidades de referencia especializadas, hay poca coordinación entre departamentos y la investigación es escasa. Más que nunca, en esta situación, “cada paciente es único”.


Carmen Reija López

Farmacéutica Colegiada